Cambiar de paisaje, salir de la rutina y pasar tiempo en contacto con la naturaleza puede tener efectos positivos sobre nuestro bienestar. Un psicólogo explica qué ocurre cuando dejamos por unos días los estímulos y las obligaciones cotidianas y por qué descansar no siempre significa hacer más cosas.

En diálogo con el Licenciado Facundo Estévez (M.N. 71.422) para juaninoticias, el psicólogo nos confirma los beneficios que tiene para nuestra salud mental viajar y cambiar por unos días el entorno y la rutina cotidiana.
«Cambiar de entorno puede ser muy beneficioso porque interrumpe algo que muchas veces nos agota sin que lo registremos: funcionar en automático. La rutina es necesaria, ordena y da previsibilidad, pero también puede dejarnos expuestos de manera constante a los mismos estímulos, preocupaciones, obligaciones y roles. En nuestra vida cotidiana no sólo habitamos una casa o una ciudad: también habitamos una agenda, determinadas conversaciones, responsabilidades y formas repetidas de pensar» expresa.
El viajar es un placer dice la canción y parece ser también una necesidad para romper con nuestra rutina. El psicólogo dice al respecto: «Viajar introduce novedad. Nos obliga a mirar, orientarnos, registrar otras cosas y salir, aunque sea temporalmente, de esos circuitos habituales. Eso puede generar cierta distancia psicológica respecto de problemas que, cuando estamos inmersos en ellos todos los días, parecen ocuparlo todo» y agrega «por supuesto, viajar no resuelve mágicamente un conflicto ni reemplaza un tratamiento cuando es necesario. Pero sí puede modificar por unos días las condiciones en las que nuestra mente funciona. Y a veces no necesitamos escapar de nuestra vida: necesitamos dejar de verla durante un rato exactamente desde el mismo lugar mental«.
Pero no sólo salir a la ruta implica un cambio en la diaria sino también estar conectados con la naturaleza. Estar rodeados de árboles, caminar una montaña o simplemente respirar aire puro nos permite disfrutar de un grato momento: «La naturaleza tiene una característica interesante: puede captar nuestra atención sin exigirla de la misma manera que lo hacen muchos estímulos cotidianos. Un paisaje, el movimiento del agua, los árboles, los sonidos naturales o simplemente mirar el horizonte producen estimulación, pero no necesariamente nos colocan en una posición de alerta o respuesta» expresa Estévez.
En este punto, el profesional habla de uno de los problemas sociales más frecuentes en esta época: «En la ansiedad ocurre muchas veces lo contrario: la atención está tomada por la anticipación. La mente intenta predecir, controlar, resolver o detectar posibles problemas de manera casi permanente. El contacto con un entorno natural puede facilitar algo muy simple pero psicológicamente valioso: volver a registrar lo que está ocurriendo ahora. El cuerpo, la temperatura, los sonidos, la respiración, el movimiento».
Tampoco hablamos de soluciones mágicas pero si de ayudas necesarias: «No diría que la naturaleza ‘cura’ la ansiedad, porque sería una simplificación. Pero sí puede favorecer una disminución de la activación y ofrecer un contexto en el que sea más fácil salir, aunque sea momentáneamente, de ese estado de vigilancia continua».
Estamos inmersos en un mundo conectado por dispositivos las 24 horas y «perderse» de algo que está sucediendo o sucedió parece grave para estos tiempos. «Descansar mentalmente no significa necesariamente dejar la mente en blanco. Muchas veces significa algo bastante más concreto: dejar de responder. Gran parte de nuestra relación con las pantallas nos mantiene en una posición de respuesta permanente. Llega un mensaje, una noticia, un mail, una notificación, un video, una publicidad. Constantemente tenemos que decidir si mirar, contestar, ignorar, seguir deslizando o pasar a otra cosa. Incluso cuando creemos que estamos descansando con el teléfono, seguimos tomando pequeñas decisiones y procesando una enorme cantidad de información» afirma Facundo.
En cambio la propuesta de estar conectados con un ecosistema natural modifica nuestro accionar: «La naturaleza propone una relación muy diferente con la atención. Un paisaje no exige una respuesta. Un árbol no necesita que hagamos nada con él. El mar no espera que contestemos. Y eso es particularmente importante en una época en la que estar disponible se volvió casi un estado psicológico permanente. Por eso, a veces descansar no es solamente dormir más o hacer menos actividades. Es dejar de estar accesibles, estimulados y convocados todo el tiempo» sostiene.
Le consultamos al psicólogo si existe una relación entre una actividad llevada a cabo al aire libre y la sensación que muchas veces sentimos de «bienestar» y responde: «Sí. Además, las actividades al aire libre suelen reunir varios elementos que por separado ya pueden ser beneficiosos: movimiento corporal, cambio de ambiente, exposición a la luz natural, disminución de estímulos digitales y contacto con espacios abiertos. Caminar, por ejemplo, tiene algo especialmente interesante: es movimiento, pero no necesariamente rendimiento. El cuerpo está activo mientras la mente puede ir desacelerando».
«Pero también me parece importante reivindicar la contemplación» agrega, «vivimos en una cultura muy orientada al rendimiento y, paradójicamente, a veces convertimos incluso el descanso en otra tarea que tenemos que cumplir bien: caminar tantos kilómetros, hacer trekking, meditar determinada cantidad de minutos, conocer todos los lugares, aprovechar cada momento. Entonces podemos terminar llevando la misma lógica de exigencia de la vida cotidiana a nuestras vacaciones».
¿Y entonces? A lo que responde: «el bienestar no siempre aparece porque hacemos algo extraordinario. También puede aparecer cuando dejamos de exigirle productividad a nuestra experiencia. A veces caminar ayuda. A veces moverse ayuda. Y otras veces puede ser profundamente reparador sentarse frente a un paisaje durante veinte minutos sin fotografiarlo, sin transformarlo inmediatamente en contenido y sin preguntarse qué hay que hacer después».
Para cerrar esta entrevista, le pedimos a Facundo que nos recomiende qué hacer cuando sentimos que tenemos que «resetearnos»: «Lo primero sería no esperar necesariamente a estar completamente agotados. Muchas personas se permiten descansar recién cuando el cuerpo o la cabeza ya no pueden más. Y ahí el descanso aparece casi como una reparación de emergencia».
Vale la corrección que él hace a nuestra pregunta: «intentaría cambiar un poco la idea de ‘reset’. Las personas no somos computadoras: no podemos borrar lo vivido, apagar todo y volver a empezar desde cero. Pero sí podemos reducir estímulos, cambiar de contexto y recuperar margen interno».
Vayamos a la recomendación: «Una sencilla sería generar durante un tiempo acotado menos situaciones que nos coloquen en modo respuesta: menos notificaciones, menos decisiones innecesarias, menos disponibilidad permanente y menos obligación de estar produciendo algo. Y sumar, en cambio, experiencias que nos devuelvan al cuerpo y al presente: movimiento, sueño, naturaleza, silencio, conversación, aburrimiento incluso».
Y nos propone responder a un interrogante: «¿De qué necesito descansar realmente?. Porque muchas veces decimos ‘necesito vacaciones’, pero en realidad necesitamos descansar de otra cosa: de estar siempre disponibles, de cuidar a otros, de decidir, de producir, de anticiparnos a problemas, de sostener responsabilidades o simplemente de tener la cabeza permanentemente ocupada por lo que viene después. Cuando podemos identificar de qué estamos cansados, el descanso deja de ser solamente una pausa y puede empezar a convertirse en una forma de cuidado».


