Iruya, un pueblo escondido entre montañas

Cada año me gusta ver cuáles son los pueblos elegidos como los “más lindos del mundo”, porque casi siempre Argentina está dentro de esa lista. Claro, tenemos a lo largo y ancho del país una enorme cantidad de lugares que sorprenden al planeta entero.

Hay un medio especializado en turismo que tiene una gran influencia a nivel mundial. Se llama Condé Nast Traveler, de la misma editorial que Vogue, para que tengas mayor referencia. Si bien esta revista busca resaltar aquellos destinos de lujo también hace una lista de los pueblos más bellos del globo.

En el 2023 se dio a conocer las 50 localidades elegidas y una de ellas fue Iruya, una belleza escondida entre montañas. Que si bien pertenece a la provincia de Salta, para ingresar a la misma debemos estar en Jujuy, a unos 70 kilómetros de Humahuaca. El camino es bastante complejo y siempre se recomienda ir en transporte público o con alguna persona que conozca el lugar. Sobretodo considerar estas posibilidades en épocas de lluvias.

Uno cuando llega a este sitio toma dimensión de la altura que tiene el cordón serrano de Santa Victoria a su alrededor, parece abrazar y proteger a este pueblo de al menos 1500 habitantes. Hasta hace unos pocos años, no más de diez, no existía la corriente eléctrica y sus edificaciones conservan su esencia tradicional y cultural casi de forma intacta.

Vale la pena, como bien lo destacó aquella publicación internacional, conocer Iruya. Si bien recorrerla nos llevará pocas horas, es clave tomarnos el tiempo para sentarnos en una roca y apreciar su belleza. Este tipo de visita rompe con la estrés o el aceleramiento que tenemos los que vivimos en las grandes ciudades, aquí el tiempo es otro.

Al llegar lo primero que hice fue meterme entre sus callecitas y me encontré, o ella me encontró, una niña que me invitaba a comer en el nuevo parador que tenía su madre. Era tan nuevo que ese mismo día abrió y que yo, al principio un poco desconfiado (típico de quienes habitamos en las urbes), me convertí en su primer cliente. Pude degustar unas ricas empanadas salteñas y una gaseosa, mientras la joven me contaba cómo era su vida en ese lugar.

Con la panza llena me dediqué a lo que vine, a conocer y caminar el pueblo. Vale mencionar que mi llegada a Iruya fue, como viene lo recomendé, en transporte público. Me tomé un colectivo, a las 7 am (único horario disponible del día) desde Tilcara. El trayecto duró casi tres horas y el último tramo fue bastante vertiginoso ya que el micro (bus) empieza a bajar de la montaña y siempre, si estás sentado del lado de la ventana, verás precipicio.

Una vez en tierra, caminar será un placer pero no te exijas más de la cuenta ya que estás a 2.780 metros sobre el nivel del mar, en plena quebrada. Nos pulmones tendrán que adaptarse un rato para poder apreciar como corresponde el paisaje. Vamos a poder ver casas coloniales, calles empedradas y miradores naturales que nos regalarán postales únicas. También hay una cascada en medio del pueblo que desemboca en el río que lo atraviesa.

Mi visita no fue muy extensa, ya que la distancia en tiempo entre la llegada del colectivo y la partida del único que regresa en el día era de cinco horas. Me bastaron para disfrutar al máximo de este sitio pero a quienes eligen pasar la noche. Escuché testimonios de personas que viene el atardecer y amanecer y reconocen que es espectacular.

Es válido pensar en quedarse dos días porque también hay caminatas y cabalgatas hacia comunidades aún más aisladas como San Isidro o San Juan, repito, yo no las hice. Como estos dos destinos son al costado del río, dependerá mucho de la época del año, ya que las lluvias impiden este recorrido. A San Isidro son unos 8 kilómetros caminando por senderos entre ríos y cerros.

No quiero cerrar esta parada sin antes contarles que el pueblo fue fundado en 1753, aunque algunos historiadores dicen que ya en 1640 había presencia de españoles. Muchas de las casas de adobe vienen de esos tiempos. La historia cuenta que trajeron una imagen de la Virgen del Rosario y esta fue lo único que quedó intacto entre los pastos tras sufrir un alud que sepultó al pueblo entero. El pastor que la encontró, la llevó a una capilla pero a los días volvió a aparecer en el lugar donde la vio por primera vez e Iruya se construyó en ese lugar.

Actualmente podremos ver la iglesia Nuestra Señora del Rosario y San Roque, la construcción católica que posee las mismas dimensiones que la original. Su techo original era de barro y paja, y según leí, debido a que no pudo conservar los elementos originales nunca fue, hasta el momento, declarada monumento histórico provincial.

Les aconsejo conocer este lugar, respirar su aire, caminar su callecitas y disfrutar de su gastronomía típica y auténtica.

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