Los Bolillos, un lugar soñado de Neuquén

Decir que Argentina es un país con gran diversidad de suelo, clima, flora, fauna, es una gran obviedad, pero nunca está mal refrescar este pensamiento y demostrarlo con hechos, o mejor dicho con paisajes. Siempre que pensé en Neuquén, mi cabeza viajaba más hacia el sur de la provincia que al norte, y gracias a un viaje que hice a principios del 2025, pude entender que el norte esconde una belleza natural que merece ser descubierta por viajeros apasionados del turismo de naturaleza.

Una de las paradas que me recomendaron fue Los Bolillos. Sin ninguna referencia visual ni comentarios previos al respecto me topé con una sorpresa inmensa. No sólo por la majestuosidad que tiene el lugar, sino porque la contemplación de este paisaje está apoyada por el silencio de la inmensidad, el aire puro e historias que rondan los miles y miles de años.

Se trata de un conjunto de formaciones rocosas muy singulares formadas por la erosión del viento con formas de conos, domos y agujas de colores amarillos y rojizos.

Lo más asombroso es que son estructuras geológicas naturales que han sido esculpidas por el viento a lo largo del tiempo. “Los Monjes” son los únicos que no te permiten imaginar demasiado porque ya alguien lo hizo por nosotros. Esta serie de bloques de piedra que parecen estar alineados con 15 metros de altura y parecen tener unas “capuchas y sotanas”. Pudimos verlos desde abajo y gracias al drone lo sobrevolamos.

Es hermoso escuchar a los pocos turistas que hay en el lugar, cómo juegan con encontrarles formas humanas o de otro tipo a estas rocas.

Como bien dije al principio de esta parada, Los Bolillos también tienen su historia contada de generación a generación. En este valle del Río Varvarco y dentro del Área Natural Protegida Domuyo nos encontramos con un cementerio o al menos unas cruces que dan señal que personas fueron enterradas allí.

Le dicen el cementerio de la peste. Si bien no hay muchas precisiones ni registros escritos, los testimonios orales que fueron contando esta historia aluden a la fiebre tifoidea y otros dicen que se trató de la amarilla en la década del 30.

Se cree que estos muertos de la primavera de 1937 fueron enterrados aquí y no en el cementerio Pichi Ñire donde habitualmente los familiares llevaban a su difunto, porque se les hizo imposible cruzar el río Varvarco por su fuerte caudal provocado por el deshielo que venía desde las montañas. Llegaron con mulas con los cuerpos cruzados sobre el lomo del animal y buscando un refugio natural, sin techo pero con unos paredones de rocas colocando unas cruces de madera que hasta el día de hoy se pueden observar.

El trekking en este sitio dura aproximandamente una hora y es ideal para tomar las mejores fotografías. Te recomiendo ver el atardecer y no te asuste si llega la noche, porque el camino está muy bien marcado para tu regreso.

Luego de esta caminada admirando y recorriendo “La Bolillada”, como habíamos contratado un servicio que nos llevó hasta el lugar, también, mientras disfrutábamos del paisaje, armaron una espectacular cena dentro de una caverna, si, donde originalmente vivieron personas. Con la luz que nos regalaba la luna, caminamos hacia esta mini cueva y comimos mirando las estrellas.

Aquí podrás apreciar muy bien el cielo por la noche ya que si no encendés ninguna luz, no verás ningún objeto luminoso artificial. Un juego clave para este momento es quién ve más satélites.

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